sábado, 3 de septiembre de 2011

El valor de la amistad


Allí estaba yo, sentado frente a la ventana, estudiando el título III de la ley 14/86, intentando encajar todas esas ideas que no asentaban en mi cabeza por que en el fondo las preocupaciones eran otras. No dejaba de darle vueltas a la situación en la que estaba, era como si me encontrase atrapado en el tiempo o quizás en el espacio, situaciones que parece que se salen de lo normal, de lo que una persona hubiese esperado de sí y su futuro.

Hasta el revolotear de una mosca me impedía concentrarme en los estudios, de hecho, más de una habían caído aplastadas por el peso de la ley, sí digo bien, de la ley, concretamente de la que yo por entonces llegué a llamar La Asesina. Pensaba: "si alguno de los padres de esta Carta Magna se enterasen de parte del uso que yo le daba seguro que me desterraban", pero es que un libro es un libro, no importa su tamaño o su contenido, en ese momento me servía como arma, para defenderme de la pesadez de esa dichosa mosca que no dejaba que me concentrase (cosa de críos, que iluso, como si fuese en realidad la mosca la culpable de mi falta de atención).

De pronto sonó el teléfono, mi madre me avisa:

-Es Javier, es para ti, anda ponte.

Como cada tarde Javier y yo quedábamos para salir un rato después de los estudios a pasear un poco y charlar de nuestras cosas. Otras veces íbamos en bicicleta. Pero generalmente subíamos por la carretera en dirección a Portugal, buscando ese paraje tan bonito que forman las estribaciones de la Sierra de San Pedro.

Nos apoyábamos uno en el otro (me refiero con nuestras conversaciones), ambos estábamos en situaciones complicadas por aquella época (la tasa de paro si no recuerdo mal era del 14%), Javier estaba terminando Farmacia y le quedaban 3 asignaturas y yo con FP terminado y sin expectativas de empleo en la rama del automóvil me preparaba oposiciones al Insalud.
Tener un amigo cerca con el que poder descargar tus temores, tus incertidumbres futuras y con el que emborracharte alguna que otra vez era toda una gran ventaja. No lo habría concebido de otra manera. Pero indudablemente todo tiene también su lado negativo, porque sí, quedábamos casi a diario para pasear (andando o en bici), charlar, reir, contar anécdotas… pero eso los primeros días era un desahogo pero cuando llevabas veinte ya apenas tenías conversación, y para colmo como cada uno servía de pañuelo de lágrimas (una forma de decirlo claro está) al otro, acabamos los dos quemados.

Quizás fuese la época que nos tocó vivir, quizás la política del gobierno de por entonces, quizás haber nacido en el seno de una familia obrera (en mi caso) o quizás que no hay que buscarle los “porque”.



   La vida se va escribiendo con lo que hacemos día a día, el futuro está por llegar.